Hace unos años atrás, para
ser precisa en el año 2001, yo cursaba el cuarto año de la carrera de Letras en
la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. Justo
ese año comenzaba la Residencia (acercamiento a un grupo de alumnos), como
podrán imaginar tenía pánico, terror indescriptible, cruzado con ansiedad y
expectativa. En
ese momento tenía 21 años, y una carrera docente encaminada. Vivo en Rufino,
una ciudad al sur de Santa Fe, y viajaba todos los fines de semana a mis pagos
para retornar el lunes a Rosario (ubicado a 256 km. de mi ciudad).
En ese momento, con toda una
vida estudiantil caótica, recibo el llamado del Padre Ricardo, director de un
Seminario en Aaron Castellanos, un pueblito a 30 km de mi ciudad. Concertamos
una cita en Rufino cuando yo volviera para charlar de una propuesta que quería
hacerme. Finalmente nos encontramos, me propuso dar clases de latín a un grupo de chicas
y chicos que cursaban el nivel terciario en su institución. Estos jóvenes se
preparaban para ser sacerdotes y hermanas, y en su formación les exigían un
profesorado, ellos cursaban Filosofía, y tenían como asignatura latín. La
propuesta me sorprendió gratamente, aunque no me hacía a la idea me parecía una
gran oportunidad de crecimiento personal y laboral.
Claramente era mi primer
trabajo, cuanta adrenalina, me presente un viernes (no recuerdo la fecha
exacta) llegué temprano, la secretaria me presento a los alumnos, y vi en sus
caras tantas ganas de aprender que íntimamente me preguntaba si podría lograr
enseñarles. Comencé mi primera clase disculpándome por la inexperiencia y
planteando la forma de trabajo para todo el año. Ante cada cosa que decía ellos
tomaban nota y yo lograba confianza en mí misma. Pasamos un gran año, cada día
que pasaba era más ameno, y llegó diciembre, época de finales y ocasión de plantarme del otro lado (el de
docente). Fue inolvidable, presentaron exámenes extraordinarios, y mi orgullo
llegó a las nubes. Lo había logrado, era mi momento y lo aproveché al máximo.
Gracias a este trabajo entre
en el sistema educativo, cobré un sueldo por hacer algo que me apasiona, me
hicieron carpeta médica, etc. De esa manera estaba en iguales condiciones que
los docentes recibidos (y yo cursando cuarto año, mi residencia)
Trabajé solo ese año,
después me volvieron a llamar en 2005 y 2006, ahí yo ya estaba recibida (me
recibí el 5 de Julio de 2004). Me encontré con mis antiguos alumnos y me
agradecieron el conocimiento adquirido, mi corazón explotaba de alegría.
Gracias a mi enseñanza ellos habían podido resolver textos de la Biblia, aprender
a pronunciar las partes de la misa en latín, y los ayudó en otras asignaturas.
En cuanto a dinero no era
demasiado, y debía viajar mucho, estaba en Rosario de Lunes a jueves, viajaba a
Rufino y a la tarde a Castellano (seguimos así durante todo el año).
También este acercamiento a
la docencia me abrió las puertas a mi actual trabajo. Cómo sabrán para ingresar
al nivel terciario es necesaria una antigüedad de 3 años en el nivel o en la
docencia. En 2006 una compañera me avisa de la apertura de una carrera y me
anoto. Por suerte me llaman por mi antecedente en el nivel terciario, o sea que
estaré eternamente agradecida al padre Ricardo, a la secretaria, a mis primeros
alumnos y a mi familia que apoyó este proyecto.
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